El maestro mira la veta y ve, donde otros solo ven tabla, una amura dispuesta a cortar marejadas. Selecciona la pieza, marca la silueta y deja que la fibra hable. Con cepillo y formón, aparece el costado como si siempre hubiera estado ahí, esperando ser nombrado barco. El primer ajuste suena a suspiro satisfecho, madera saludando al destino salado.
Estopa, maza y brea líquida recorren juntas las costuras, sellando conversaciones antiguas entre tabla y tabla. Don Mateo jura que el mar respeta a quien respeta cada junta. Escucho su consejo mientras la brea oscurece la luz: las goteras empiezan como dudas pequeñas. Taparlas es también apaciguar miedos. Cuando el martillo calla, el casco respira más hondo, listo para otra estación de mareas.
Hay serruchos que han dibujado años y hay gubias que reconocen el pulso de cada mano. Se afilan contra la mañana, se guardan secos, se heredan con historias de regatas perdidas y rescates improbables. Una escuadra abollada vale por un mapa, porque indica decisiones antiguas. En el banco, el metal reposa orgulloso, sabiendo que su filo sostiene la alegría de botar otra quilla.