Un frente del oeste llegó con prisa y mala uva. En el puerto, un remolcador amarrado con nuestro cabo nuevo tembló tres horas. El nudo de as de guía mordió, el ángulo de paso correcto amortiguó tirones, y al amanecer las hebras seguían cerradas. Aprendimos que medir bien ayer es dormir entero mañana, incluso cuando el viento ladra.
Tomás empezó barriendo pelusas y hojeando el cuaderno manchado. Un día, el maestro le confió el tarro de alquitrán y la plomada. Su primera cuerda lloró fibras sueltas; la segunda lució mejor. Años después, enseñó a escuchar silencios y a detenerse antes del exceso. Las manos, endurecidas, guardan mapas que ningún libro dibuja con tanta precisión.